Opinión

Defendamos lo nuestro: Por. José Dionisio Solórzano

Cogito ergo sum-. Desde hace semanas vengo en una cruzada solitaria en contra de la intención de algunos colombianos de registrar al ritmo musical llamado «joropo» como un patrimonio cultural de la nación neogranadina, arrebatándonos este género que por décadas ha representado la esencia del venezolano.

El arpa, cuatro y maracas ha sido parte de la venezolanidad desde tiempos inmemoriales; su presencia nos ha acompañado y ha formado parte del carácter nacional, no obstante la envidia colombiana pretende quitarnos lo que por historia y por cultura nos pertenece.

Ellos — en su afán desmedido y cargado de odio histórico — quieren apoderarse del joropo de la misma forma que quieren adueñarse de la arepa, del origen de la palabra «chévere» y del Golfo venezolano.

Los neogranadinos se aprovechan que Venezuela está sumergida en una crisis profunda y una división social marcada, para avanzar en su espolio de la simbología venezolana. Es como una especie de revancha que los neogranadinos están llevando adelante en contra de los venezolanos y de lo que significa ser de esta tierra.

Ellos jamás nos perdonaron nuestro petróleo. Nunca nos perdonaron que por muchísimos años sufrieron — por culpa de la violencia de la guerrilla — el estereotipo del «vecino pobre»; jamás nos perdonaron que Simón Bolívar naciera en Venezuela, tampoco que sus primeros presidentes fuesen venezolanos, y creo que menos perdonan el hecho que el nombre que llevan con orgullo naciera del genio del venezolano más universal de todos, Don Francisco de Miranda.

Ahora que vivimos tiempos álgidos y ellos disfrutan de la comodidad que nosotros perdimos, quieren quitarnos, cual asaltantes de esquina, la simbología de la venezolanidad, quieren despojarnos de todo aquello que nos hacía y nos hace grandes. Es su venganza.

Quieren apoderarse del joropo obviando hechos que están a la vista; como que la inmensa mayoría de los buenos — para no decir excepcionales — intérpretes del género son venezolanos.

Me atrevería a retar a cualquier colombiano que presentara un solo nombre de algún cantante y/o cantautor que esté a la altura de Francisco Montoya, José Alí Nieves, Ángel Ávila, Julio Pantoja, El «Catire» Carpio, Ángel Custodio Loyola, el «Indio» Figueredo, el grandioso José Romero Bello, y ni hablar del «Carrao de Palmarito» Ángel de los Santos Contreras (Y paremos de contar).

Reto a cualquier colombiano a presentar a un poeta más grandioso que Alberto Arvelo Torrealba — y no me extrañaría que afirmasen que la leyenda de «Florentino y el Diablo» también es de ellos, se puede esperar cualquier cosa de su caradurismo — los reto a que digan uno solo que supere a los grandes del llano venezolano, el verdadero llano, cuna del joropo.

Y, más allá de esto — puesto que poseer el mayor número de intérpretes de primera línea no nos hace los dueños del género — hay que leer la historia donde se determina que ya en los tiempos pre-independentistas la música de arpa, cuatro y maracas (a veces con bandola) era la que acompañaba las noches de parrando de los venezolanos de aquellos días.

Es hora que los venezolanos defendamos lo nuestro; que le pongamos un para’o a los colombianos, porque mañana dirán que la hallaca es de ellos, que el «Alma Llanera» también es de ellos y que Armando Reverón nació en Sincelejo o que Simón Díaz, con su «Caballo Viejo», nació en Casanare — o alguna vaina así —.

Defendamos lo nuestro… Y recuerden que el Esequibo también es Venezuela.

¡Para mí el guarapo dulce, el café amargo y el chocolate espeso!

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