Opinión

¿Por qué el chavismo se mantiene en el poder?: Por Gonzalo González

 Opinión.-  Responder con acierto a esta interrogante que muchos se hacen, tanto aquí como en el exterior, es clave para comprender la situación política de Venezuela y sus perspectivas.

El chavismo se mantiene en el poder debido a la conjunción de sus aciertos políticos en relación a su objetivo primordial y único de materializar su continuismo, y a las carencias, limitaciones y errores cometidos por las fuerzas democráticas en todos estos años.

No homologo, en modo alguno, ambos desempeños, lo fundamental y clave al respecto ha sido la política del oficialismo. Por limitaciones de espacio me concentraré en lo hecho por el régimen.

El chavismo, por su condición de fuerza política no democrática, ha podido ejecutar con celeridad, éxito y sin problemas de conciencia la transición entre su condición de sector hegemónico y con legitimidad democrática a dominante e impositivo sin ambages. Fue un proyecto hegemónico porque mayoritariamente la sociedad venezolana apoyaba su discurso y su gobernanza por sentirse gratificada simbólica y materialmente, eran los tiempos de los altos precios del petróleo y del populismo llevado a las máximas cotas.

Dejó de serlo y se transformó en fuerza dominante porque perdió su caudaloso apoyo popular sin fórmula posible de recuperación, debido al agotamiento de las capacidad de gratificación antes mencionada.  Desde el 2016 comenzó a imponerse mediante la fuerza, la arbitrariedad y la inobservancia de la Constitución y del Estado de derecho cuando las circunstancias así lo demandaron como requisito clave para conservar su dominio del aparato del Estado.

Desde los inicios del régimen, bajo la férrea conducción de Chávez –y abrevando en el militarismo, el populismo latinoamericano y el castrismo– se inició un proceso de construcción de la institucionalidad y legalidad del Estado democrático plasmado en la Constitución de 1999. Se cooptó a la FAN para el proyecto por diversos medios y vías (corrupción, vigilancia estricta, depuración y represión); finalmente se la convirtió en un agente económico importante, acción decisiva para reforzar su control y respaldo. Además, se propició y construyó alianzas con fuerzas y poderes fácticos, con sectores endógenos y exógenos al margen de la legalidad. Mención aparte, por su importancia en el presente, el régimen construyó alianzas con Estados autoritarios o dictatorial totalitarios para garantizar la continuidad de su sistema.

Venezuela es hoy una pieza importante, una especie de cabeza de playa por su situación geográfica, así como por sus recursos naturales de la convergencia de Estados antidemocráticos hoy presentes y de forma agresiva en el concierto internacional.

Los comicios parlamentarios del 2015 certificaron de manera contundente el fin (que ya se venía anunciando) de la hegemonía chavista. Fueron, en todo sentido, un acto plebiscitario contra el sistema.

La reacción inicial del régimen fue de perplejidad y sorpresa (calcularon un resultado ajustado). Algo más tarde, decidieron darle el palo a la lámpara, desconocer los efectos y consecuencias políticas e institucionales de lo ocurrido.

Es el golpe de Estado por etapas consumado en sucesivos movimientos en el 2016: renovación ilegal de la integración del TSJ llevada a cabo por la AN en diciembre del 2015, desconocimiento de la representación del estado Amazonas en la AN recién electa, desconocimiento de las competencias de la nueva AN mediante decisión de considerarla en desacato dictaminada por el TSJ, decretos sucesivos de emergencia económica y estado de excepción de parte del poder Ejecutivo sin el refrendo obligante del Parlamento en funciones, asunción de competencias legislativas por parte del mencionado TSJ y luego por la írrita Constituyente, secuestro ilegal del proceso en progreso de convocatoria del referéndum revocatorio presidencial.

El chavismo instaura una auténtica dictadura. Neodictadura, la caracterizo porque aunque concentra de manera ilegal e ilegítima y sin control alguno todo el poder del Estado en manos del Poder Ejecutivo, como en las dictaduras tradicionales, difiere en algunas de sus formas y métodos en consonancia con los nuevos tiempos, cuando las fachadas democráticas cuentan de cara al mundo.

Los actos de usurpación del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo en mayo del 2018 y diciembre del 2020, respectivamente, son consecuencias naturales del golpe de Estado.

El chavismo, en su segunda etapa (Gobierno Maduro), ha sabido reciclarse en dictadura manteniendo la unidad férrea de la coalición que lo sustenta, el control de la FAN, instrumentalizando a su favor el déficit de cohesión de la oposición democrática, utilizando con eficiencia y sin escrúpulos los recursos del Estado, concentrando en su preservación los disminuidos recursos de los que dispone, consiguiendo y explotando otros de manera ilegal, creando un inmenso y eficiente aparato de seguridad y control social (integrado por actores estatales y no estatales), no para defender los intereses del Estado venezolano (su soberanía o integridad territorial) o proteger a la ciudadanía y sus bienes sino para intimidar y reprimir cualquier clase y forma de disidencia.

Cuenta, además, con el respaldo político y material sin ambigüedades ni fisuras de sus aliados de la comunidad de Estados autoritarios y dictatoriales.

Y este año 2020, que se auguraba difícil en virtud del amplio descontento social existente, el «general» covid-19 vino en su auxilio, como ya lo había hecho en años anteriores —y lo seguirá haciendo— la diáspora.

La nomenclatura chavista confía en esas fortalezas disponibles para consolidar su estabilidad. Es por ello que, por ahora, no está disponible para ninguna clase de acuerdo que suponga su salida del poder o el debilitamiento del mismo.

Tomado de: https://talcualdigital.com/

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